SEMINARIOS LATINOAMERICANOS


 

La Encrucijada Latinoamericana: ¿Encuentro o desencuentro con nuestro Patrimonio Cultural?
Guillermo Bonfil Batalla - México - 1986

La situación global por la que atraviesan actualmente los países de América latina se expresa también en tendencias que ponen en riesgo y deterioran el patrimonio cultural de nuestros pueblos en sus diversas manifestaciones. se acelera la destrucción material de los monumentos y testimonios históricos; se reduce la capacidad de llevar a cabo obras de conservación, ya de por sí limitada por la incuria persistente de los presupuestos que se asignan; aumenta en cambio, la incidencia de robos y la fuga ilícita de los, bienes culturales latinoamericanos hacia las bóvedas y vitrinas de coleccionistas sin escrúpulos, siempre gente rica y casi siempre ricos en países ricos.

Más allá de las obras materiales cuyo valor artístico o histórico es reconocido en forma unánime, el problema afecta, de igual o peor manera, a otras manifestaciones pocas veces aceptadas formalmente como integrantes del patrimonio cultural de un pueblo. es el perfil mismo de nuestras culturas el que amenaza desdibujarse, no sólo por la pérdida irremediable de los objetos únicos que nos legó el pasado sino, más importante todavía y más irremediablemente, por la erosión incesante de nuestra cultura propia, es decir, de nuestra capacidad de hacer las cosas a nuestra manera, según propósitos definidos por nosotros y echando mano de vastísimo y plural repertorio de elementos de toda índole -conocimientos, recursos materiales, formas de organización y comunicación, símbolos, emociones y valores- que forma el patrimonio cultural de todos y cada uno de los pueblos de América latina. Ese marco, que le da sentido y permanencia a los diversos componentes de nuestro acervo cultural, es el que está sujeto a las presiones más peligrosas, porque su deterioro, la quiebra de su organización como esquema propio que nos orienta en la búsqueda de soluciones para forjar un futuro mejor, cancelaría de manera definitiva cualquier proyecto autónomo de civilización en América latina.
Hablo, pues, de la necesidad urgente de plantear los problemas del patrimonio cultural de nuestros países en términos más amplios que los usuales. Partamos, propongo, por aceptar que ese patrimonio no se compone únicamente de un conjunto restringido y selecto de obras materiales, por excepcionales que ellas sean; que forman parte de él, con igual valor, todos los demás elementos de nuestras culturas nacionales, regionales, étnicas y locales que definen el sorprendente mosaico cultural latinoamericano. Abramos nuestra sensibilidad, mal conformada por siglos de dominación colonial y neocolonial, para reconocer los fundamentos reales de nuestra identidad y para valorar la importancia que tiene el pluralismo cultural en América latina como el recurso más poderoso con que contamos frente a los problemas que ya nos agobian y a las amenazas que se columbran. Con esa visión liberada, propia, podremos entender mejor la relación profunda que une las diversas expresiones de nuestro patrimonio cultural y forma la trama insustituible en que descansa el potencial civilizatorio de la América nuestra. En ese nivel, se vinculan orgánicamente las monumentales zonas arqueológicas con la sabiduría tradicional de los campesinos de hoy; las obras mayores de la creación artística de cualquier época con las muestras permanentes de la sensibilidad popular que se manifiesta en el barro y la medra, en los textiles y la arquitectura, en la danza y los cantos, en un gesto, en una manera de mirar o de soñar; ahí se vinculan también, ¿por qué no?, los papeles amarillentos de los archivos y los recuerdos casi míticos de la memoria colectiva con la lucha secular de los campesinos que reclaman sus tierras primordiales y con el ansia de nuestros jóvenes que intuyen otro presente y un futuro mejor, porque hubo quizás un pasado diferente. Esa trama lo abarca todo, a todo le da sentido o se lo restituye para que adquiera valor como parte de nuestro auténtico patrimonio cultural.

Desde esta perspectiva ¿cuál es, entonces, el problema del patrimonio cultural latinoamericano? ¿Qué factores lo determinan? Las respuestas no son simples, pero cabe mencionar sus principales ingredientes. Por una parte, como contexto ineludible, está nuestra historia de vieja colonización arraigada, omnipresente, que distorsiona y falsea el pensar y el sentir latinoamericanos ante casi cualquier tema y en muchos grupos sociales. Un hábito de no ser nosotros mismos, una incapacidad para mirarnos, para reconocernos; una manera ajena que nos dificulta hallar soluciones correctas y con frecuencia nos impide siquiera identificar los problemas. Eso, en general, como naciones; porque en la vida concreta de cada día la gente recurre a lo propio, a lo que tiene como cultura heredada, a su patrimonio, y con eso navega y rema aún contra la corriente. Pero como naciones hemos aprendido a estar de espaldas a nuestro propio rostro ajenos a nosotros mismos. No es casual. Pesó trescientos años la opresión colonial y vamos para dos siglos de una vida independiente que no acaba de serlo. Hoy, nuestros países viven la peor crisis de los últimos tiempos. Su expresión más evidente ocurre en el ámbito de lo económico: recesión, desempleo, inflación, deuda externa desmesurada, descenso insoportable de los niveles de vida de las grandes mayorías. Pero la crisis llega más lejos, toca a fondo muchos supuestos de la organización política y social de los países latinoamericanos, cuestiona sin apelación los caminos del desarrollo que nos ilusionaron hace apenas veinte años y nos coloca ante el imperativo de volver a inventarnos o, más bien, finalmente, reconocernos. Hay mucha culpa nuestra en todo esto, pero su expiación no lo redime todo. Las naciones de América latina, desde que lo son, y mucho antes, a partir de la invasión europea que cumplirá muy pronto cinco siglos, quedaron insertas en las marañas de fuerzas económicas y políticas que gobiernan y desgobiernan este mundo a la medida de sus intereses, que rara vez son los nuestros. A ese mundo ingresamos, una y otra vez, por la puerta trasera, forzados, sin poder ni discutir las reglas del juego, imantados por la modernidad del momento, maniatados. Sutilmente o por la fuerza se nos ha impuesto caminar por un solo sendero, y éste cambia de oriente cada tanto sin que sepamos por qué, ni hacia dónde ahora. Derrochamos esfuerzos y vemos irse o malograrse su producto, dilapidamos nuestro patrimonio cuando no lo ignoramos: una cadena de afanes nuestros al servicio de dictados ajenos. Y siempre buscando las respuestas donde no se encuentran, traduciendo soluciones para otros problemas y no los que nos aquejan, añorando recursos que nunca fueron los nuestros.

Si algún sentido tiene nuestro patrimonio cultural, si hay alguna razón de fondo inobjetable para preservarlo y enriquecerlo, habrán de estar en su condición de arma insustituible para dar batalla última por nuestra descolonización total. Debemos liberar el pensamiento latinoamericano, ser capaces de imaginar y construir un futuro propio, romper ataduras, hacer añicos anteojeras miopes y opacas y dar rienda suelta a nuestra creatividad auténtica. En ese empeño sólo podemos contar con nuestra decisión y con el patrimonio cultural que hemos heredado y renovamos cotidianamente. En cada parte de él, por nimia que parezca, hay un germen de futuro. Son los planos, los tabiques y la argamasa para ensanchar este hogar y hacerlo más habitable, más verdaderamente humano. Son los únicos materiales que tenemos para la obra; pero son muy ricos y variados, sólidos porque han resistido el paso y el peso de la historia. Ese es el significado profundo de nuestro patrimonio cultural, su valor decantado, lo que nos obliga sin excusa posible a proteger una ruinas, a consolidar vetustos edificios, a conservar tantos objetos, a rescatar tradiciones y conocimientos populares, a valorar y respetar las mil formas de ser, sentir y expresar de los latinoamericanos. Por supuesto, no con ánimo conservador que tenga sólo nostalgia del pasado y sea incapaz de sentir el deseo de futuro; no, todo lo contrario, se trata de retomar el hilo de nuestra propia historia, de avanzar sobre las únicas bases firmes que nos pueden ubicar como el eslabón que enlace aquel pasado a redescubrir, con ese futuro por imaginar. Se trata, en fin, de poner nuestro patrimonio cultural, esa herencia irrenunciable y variadísima de los pueblos latinoamericanos, al servicio del presente, en mil formas, de acuerdo con la naturaleza de los bienes que lo integran, materiales o intangibles, para que a partir de sus conocimiento y su valoración se activen las capacidades creadoras de todos y lo enriquezcan cotidianamente, ensanchando la corriente de nuestra propia civilización. Hoy y mañana: de ahí el deber inexcusable de rescatar y conservar ese patrimonio, que es también de las generaciones futuras.

Es una tarea de los latinoamericanos, ante todo. Pero sería ingenuo suponer que sólo nos incumbe a nosotros. Más que ingenuo sería reincidir en la negación de la verdadera historia y dar una prueba evidente de incapacidad para comprender las condiciones del presente, las relaciones visibles y ocultas que vinculan la problemática del patrimonio cultural latinoamericano con un contexto mayor, en un orden internacional que dista mucho de ser justo en ninguno de sus aspectos. Y eso sí nos involucra a todos y nos compromete. Hay mucho que rectificar en este asunto. Hay deudas que saldar: una debemos pagarlas nosotros, al menos quienes de alguna manera participamos de la cultura dominante en los países latinoamericanos y, por tanto, somos responsables de una historia, inconclusa todavía, de ceguera, de menosprecio y negación del patrimonio cultural de nuestros pueblos; pero de otras muchas deudas estos países son los acreedores.

Un sólo ejemplo: ¿cuándo tendrá la inmensa mayoría de los latinoamericanos, la posibilidad de contemplar directamente los tesoros históricos y artísticos creados por sus antepasados, lejanos o más recientes, que se guardan en museos y colecciones privadas, fuera de la región? Por encima de cualquier formalismo jurídico ¿estamos o no dispuestos a reconocer que ese es un derecho inobjetable?
Hablo de América latina porque ese es mi papel en este momento; pero advierto que el problema es el mismo en África, en Oceanía, en Asia ... en todas la regiones que han estado sometidas a la dominación colonial.
Si admitimos que el patrimonio cultural de un pueblo tiene para éste un significado singular (sin que con ello se niegue, en otro nivel su condición de parte integrante del patrimonio universal, por ser, a fin de cuentas, creación de la especie humana) si admitimos, igualmente, que son bienes cuyo conocimiento es necesario para que el pueblo al que pertenecen por historia, pueda cumplir con mayor certeza su futuro; si es así, entonces estamos obligados a encontrar fórmulas y los cambios para restablecer la relación directa entre nuestros pueblos y la parte de su patrimonio cultural que le ha sido sustraída. Es un reto a la imaginación, a la voluntad y a la conciencia solidaria de todos.

Los que estamos aquí y muchos otros lo sabemos y lo repetimos: debemos terminar de una vez por todas con la destrucción, el olvido y el pillaje de nuestro patrimonio cultural. Esto exige muchas cosas. Ante todo, un cambio de mentalidad, otra manera de entender el significado de ese patrimonio, en todos los niveles y grupos sociales. Una nueva capacidad para reapropiarnos de lo nuestro, de lo que siempre ha estado ahí, desmoronándose, desvirtuándose sin que nos importe, gritando su mensaje prometedor junto a oídos sordos, como un instrumento musical perfecto que nos negamos a tocar porque ignoramos nuestra facultad para arrancarle notas. Los tiempos que vivimos, más que en otras épocas, nos exigen poner en juego todos nuestros recursos. Reconozcamos, ya, el patrimonio cultural que heredamos, entendido en toda su amplitud real contiene nuestros recursos primordiales, que es con él como vamos a transformar el presente y a partir de él vamos a aplicar nuestras voluntades para ir haciendo el futuro.

Para reconstruir y afianzar los lazos que nos unen con nuestro patrimonio cultural, es indispensable lograr una movilización consciente de sectores cada vez más amplios de la población. Como resultado del largo proceso de colonización mental, estamos habituados a no reconocer muchos elementos sustanciales de ese patrimonio: tendemos a apreciar únicamente una parte muy pequeña, aquella que cumple con los requisitos de un sistema de valores que adoptamos sin crítica alguna, o que nos fue impuesto, en el cual no tiene cabida gran parte de las manifestaciones de las culturas latinoamericanas. No reparamos en la importancia de la cultura popular ni en la riqueza y potencialidad de las culturas de los pueblos indios; las vemos, si acaso, como meras expresiones folklóricas, color local, atracción turística, vestigios cuidadosamente presentes todavía de un pasado que pensamos muerto, necesariamente muerto porque no concebimos su vigencia actual, ni admitimos que tenga futuro. Todo ese campo, que le da su dimensión verdadera y profunda al patrimonio cultural latinoamericano, lo ignoramos como parte de éste y lo abandonamos a su suerte, en el centro mismo de un vendaval de fuerzas contrarias, agresivas y castrantes. A tanto llega nuestra enajenación (hablo de la gran mayoría dentro de la elites económicas, políticas e intelectuales de América latina) que ni siquiera entendemos el daño irreparable que se produce en nuestros pueblos cuando los propios portadores de ese patrimonio lo desvalorizan y lo niegan en un acto desesperado, sin esperanza, por ser admitidos como actores legítimos en un mundo que se empecina en cerrar la puerta a toda diferencia, pero tolera y auspicia en cambio, las desigualdades más brutales. Es urgente revertir esa situación, reinstaurar la racionalidad perdida. Eso que tiene que ver con muchas cosas, tiene que ver ante todo con la necesidad de ubicarnos de nuevo en relación a nuestro patrimonio cultural, el patrimonio común que compartimos en tanto latinoamericanos y el de cada nación, cada pueblo, cada comunidad, porque en esos ámbitos concretos cobra vida la riqueza cultural de estas tierras.

Son tareas enormes las que nos aguardan si nos decidimos a emprender el rescate genuino de nuestro patrimonio cultural; es lograr una educación diferente que lo valore y lo difunda en forma adecuada. Es despertar la inquietud por conocerlo, no sólo en los especialistas, sino en todos. Es mejorar sustancialmente los sistemas de protección y los servicios de conservación. Es organizar museos nuevos y reorganizar los que tenemos para transformarlos en instituciones vivas, en las que la gente encuentre y entre en contacto con cosas que le significan algo, como ante un espejo, no ante una vitrina ajena; es abrir espacios para la participación creativa que nos ayuden a ser menos consumidores pasivos y más practicantes de nuestra cultura. Es restablecer, por éstos y muchos caminos que habremos de imaginar, las condiciones propicias para un resurgimiento actualizado de nuestra potencialidad creativa en el único marco posible: la civilización latinoamericana, expresada en sus múltiples culturas.

Para todo ello necesitamos voluntad, sensibilidad, conocimientos y recursos. La voluntad depende de nosotros. Nuestra sensibilidad debemos desentumecerla. Los conocimientos los podemos recobrar y enriquecer aprovechando también experiencias ajenas, pero acordes a nuestra situación. Los recursos fundamentales están aquí, en el patrimonio cultural latinoamericano y podemos hacerlo. Debemos contar con el apoyo de los otros, de los países ricos y desarrollados, de los especialistas en muchos campos que nos pueden transmitir su experiencia, de los organismos internacionales que tienen la responsabilidad de contribuir a estas tareas. Estos apoyos, para alcanzar eficacia, necesitan estar en proporción a la magnitud de la empresa que debemos emprender. No es suficiente la colaboración simbólica, se trata de desatar el impulso de una civilización.

En una asamblea como esta, he hablado apenas de museos. Es porque siento que el problema va más allá y que importa reflexionar sobre los objetivos mayores, para que los trabajos de cada quien tengan rumbo y sentido. Eso es todo.

 

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